Tiempo estimado de lectura en Drupal

Hace un tiempo me pidieron agregar, para un sitio hecho en Drupal, información sobre el tiempo estimado de lectura de los artículos ahí publicados.

No recuerdo las fuentes que me ayudaron con esto, pero sí recuerdo que fue bastante más fácil y simple de lo previsto.

A continuación el fragmento de código que calcula el tiempo estimado de lectura de un artículo:

<?php 
 $postContent = render($content); 
 $word = str_word_count(strip_tags($postContent));
 $m = floor($word / 200);
 $s = floor($word % 200 / (200 / 60));
 $estimado = $m . ' minuto' . ($m == 1 ? '' : 's') . ', ' . $s . ' segundo' . ($s == 1 ? '' : 's');
?>
<p>Tiempo estimado de lectura: <?php echo $estimado; ?></p>

Este fragmento de código puede incluirse en el archivo node.tpl.php del tema en uso. Dependiendo de la estructura del tema, se podría ubicar de modo que una futura actualización del tema no haga que se pierda la modificación, pero eso es algo que depende de cada tema, por lo que habrá que remitirse a la documentación correspondiente.

Espero que sea de utilidad.

Poda

Hace 3 o 4 años, más o menos, mi mamá hizo un curso/taller de jardinería. Dentro del temario había algunas clases dedicadas a la poda de platas y árboles.

Mi mamá creció en una casa con un jardín bastante grande, así que siempre estuvo en contacto con las tareas referidas al mantenimiento y cuidado de plantas, árboles y flores. Como suele suceder en estos casos, mi mamá fue aprendiendo de las cosas que su padre (mi abuelo) le iba contando y explicando.

Al llegar a las clases de poda mi mamá se sorprendió al encontrarse con que la forma y las técnicas de poda que ella había aprendido de su padre eran las correctas, estaban muy bien. Ella sabía según el tipo y tamaño de árbol (o planta) qué ramas y cómo podarlas, cómo hacer los cortes, con qué ángulo de inclinación; qué consideraciones tener según la edad, tamaño del árbol, etc.

Un día, al encontrarse con su papá, mi mamá le comentó ─con alegría─ que la forma en que ellos podaban las plantas en el jardín de su casa, estaba muy bien, que lo hacían de la forma correcta, tal como había explicado y enseñado el profesor en el curso de jardinería.

─Papi, ¿vos dónde aprendiste a podar?, ¿quién te enseño todo eso?

─Uff, ¡hace muchos años de eso! Yo lo aprendí en el colegio.

─¿En el colegio?

─Sí, en el colegio. En la primaria. Teníamos clases de jardinería donde aprendíamos todo eso. Era teoría y práctica. Todo. Nos enseñaban sobre los árboles de nuestra región, en qué épocas había que podarlos y cómo se debía podar cada uno. Eso de los ángulos de corte es para ayudar a que el árbol pueda cicatrizar mejor, para que las ramas sanen bien, que no se embichen, porque las ramas pueden llegar a pudrirse, incluso. Luego de aprender eso, según la época salíamos y podábamos las plantas y árboles del colegio. A veces también de la plaza o alguna parte de la ciudad, me parece….ya no me acuerdo bien.

Mi abuelo tiene hoy 86 años, y esto lo aprendió en su país natal, Slovenija (Eslovenia), hace como 75 años (él tenía unos 10 u 11 años de edad).

Me acordé de esta anécdota hoy, luego de ver como personal del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires mutiló los árboles de mi barrio. Lo que hicieron es un desastre, está muy mal. De sólo ver como brota la savia de los cortes que hicieron en las ramas de los árboles uno intuye que eso no estuvo bien cortado, incluso que el árbol sufre por eso que hicieron. Me da toda la sensación que a las personas encargadas de mantener y podar los árboles de la ciudad no los capacitaron, no les explicaron ni siquiera mínimamente cómo podar un árbol, sólo los mandan a la calle con motosierras, algunas escaleras un camión y listo.

Con esto no pretendo hablar de la calidad educativa de ningún país, ni del nivel de exigencia de ningún colegio, tampoco hablar de los contenidos curriculares, ni de las diferencias entre la educación de hace 80 años con la de ahora. De hecho no tengo ni idea si en Slovenija aún enseñan estas cosas.

Con esto, a lo sumo, pretendo hablar sobre la consideración, amor y respeto por nuestro medio ambiente, por el interés en cuidarlo de la mejor forma posible; en este sentido, al menos en mi barrio, parece que queda mucho, mucho por hacer y aprender.

Sobre el derecho al olvido

El derecho al olvido es un concepto activo, y no una cosa abstracta, que pretende borrar o modificar el pasado para de esa forma, modificar el presente y también el futuro.

Todos tenemos derecho a equivocarnos. Todos tenemos derecho a cambiar de pensamiento, de opinión, de forma de ser y de actuar. También tenemos derecho a cambiar todo lo que necesitemos y consideremos que nos permite crecer y avanzar. Tenemos derecho a cambiar cualquier cosa que antes hacíamos mal y que ahora ahora podemos o sabemos hacer mejor. Eso sí, debemos ser honestos y valientes para reconocer nuestros cambios, que antes procedíamos de una forma y que hoy lo hacemos de otra; de alguna manera reconocer y aceptar que con el conocimiento que tenemos hoy, antes actuábamos mal o de una manera equivocada.

Es sólo en ese contexto en el que podemos exigir ─y también recibir─ el derecho al olvido, el derecho a no ser juzgados ─o prejuzgados─ por cosas que hayamos dicho o pensado antes; en el contexto de la valentía y la franqueza: antes pensaba o creía tal cosa, hoy me doy cuenta que estaba equivocado: hoy soy distinto.

Pero, ¿cómo podría alguien olvidar algo que desconoce? ¿Cómo podríamos garantizar ese derecho al olvido si, simplemente, ignoramos o borramos lo que pasó? ¿Cómo podría alguien ser mejor persona hacia adelante tapando y ocultando su pasado? ¿Cómo podríamos aprender de los errores, propios y ajenos, si todo el tiempo intentamos esconderlos, tacharlos y negarlos?

Me hago estas preguntas porque por estos días está muy de moda que algunas personas intenten borrar parte de su pasado, solicitando a los motores de búsquedas y otros servicios de indexación de contenidos, que quiten de sus resultados toda información vinculada a hechos desafortunados (algunos realmente no tan graves, como un tuit enviado sin pensar) que ellos prefieren ocultar (o negar), alegando en su pedido que ejercen el derecho al olvido.

Alguien que solo pretende borrar el pasado, no es alguien que intenta mejorar y superarse, es un oportunista. Un farsante. Un caradura. Es alguien que nunca obtendrá el derecho al olvido porque siempre estará repitiendo, una y otra vez, de forma constante lo mismo: cambiar según le convenga.

El tiempo es el olvido; el tiempo es la memoria. El tiempo hará que recordemos lo que debemos recordar y el tiempo hará que olvidemos lo que debemos olvidar. Forzar el recuerdo y el olvido no servirá de mucho, porque no podemos forzar el tiempo, y es él el que cubre, y descubre, el que olvida y recuerda, el que nos ayuda y fuerza a aprender del pasado; incluso aprender a no forzar el olvido, a no borrar el pasado.

Empecé a morir en las cárceles de la dictadura

argentina-puzzle

Quiero transcribir una nota publicada en el diario Clarín del día 03/03/12. El artículo me impactó y está acá por dos motivos: compartirlo con más gente, y duplicarlo: para que sea más difícil que se pierda.

Por Daniel Molina, periodista y crítico cultural.

¿Puede un hombre estar huérfano de futuro? Esa imposibilidad marcó a los prisioneros políticos que pasaban de la picana y de la privación del sueño a meses de absoluto aislamiento, sin saber qué les esperaba. Algunos imaginaron una vida paralela para mantenerse en pie.

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Indique su destino

catchmeMe sorprende la liviandad con la que las máquinas expendedoras de boletos exigen (porque lo exigen, no es algo opcional) que uno indique su destino; ¡como si eso fuera tan fácil! Pudiendo utilizar frases como «hasta donde viaja», «final de su viaje», o cosas por el estilo, ellas se han empeñado en solicitar que «indiquemos nuestro destino», y no conformes con esto limitan la elección de nuestro destino a una serie de 10 o 15 localidades o estaciones, como si éstas pudieran englobar o abarcar todo nuestro destino. Veo difícil que «Floresta» pueda incluir «infortunio, felicidad, futbolista, amor, escritor, orador», por nombrar sólo algunos destinos que alguna persona podría tener —o añorar— para su vida. ¿Será acaso éste un artilugio del mismo destino y una forma de lograr nuestra indiferencia frente a semejante palabra o frase? Las personas desfilan indiferentes frente a las máquinas, y sin dudarlo señalan que su destino es «Villa Rosa», por ejemplo, y así vacían -inconscientemente- de sentido y contenido a la palabra «destino».

Algún intento de engaño creo que hay en todo esto. En otros idiomas hay palabras especiales para referirse al destino en tanto esa fuerza superior y desconocida que marca y señala el camino de nuestras vidas, y al destino en tanto la meta o punto final de un viaje. Por ejemplo en inglés se utiliza destiny para el primero de los casos y destination para el segundo. De esta forma, una máquina expendedora de boletos nunca le solicitará a alguien indique su destiny, sino que solicitará, por el contrario, que el usuario indique su destination.

Afortunadamente nos queda bajo la manga el artilugio del truco; del engaño. Indicarle a esta máquina que nuestro destino es «Colegiales», por ejemplo. Nosotros sabremos muy bien que ése no es nuestro destino, y que tampoco descenderemos en esa estación; pero la máquina creerá habernos engañado, se creerá conocedora de nuestro destino y nos dará nuestro boleto. Ambos habremos logrado lo que nos proponíamos, pero sin duda nosotros habremos ganado.

FLISOL 2015

El sábado 25 de abril se llevó a cabo el Festival Latinoamericano de Instalación de Software Libre (FLISOL). Este año participé con una charla similar a la del año pasado: «Introducción a Ruby on Rails». Nuevamente fue muy grato ver el interés que la charla y la herramienta despierta en los participantes.

Alguien dijo que corregir un texto, hacerle algunas añadiduras, quitarle algunas partes y alterar un poco el orden, es una tarea que está más próxima al engaño que a la creación. Con esta introducción ─que sirve a la vez de confesión─ comparto la presentación que utilicé en el evento.

Borges por Bunge

Me llamó la atención encontrar pocas referencias al siguiente artículo que Mario Bunge escribió sobre la obra literaria de Jorge Luis Borges.

A continuación la opinión de Bunge, extraída del libro «100 ideas». Mis consideraciones sobre el texto, quedarán para otro post.

Todo el mundo admira la obra de Borges. Se lo cita hoy día tan a menudo como antes se lo citaba a Paul Valéry, otro poeta cerebral. El motivo es que Borges era extremadamente culto, inteligente, imaginativo e ingenioso, y escribía como los ángeles (como se diría en inglés). Casi todo lo que escribió es interesante, particularmente para los intelectuales.

Pero también hay quién piensa que a Borges le faltó algo.

¿Qué? Tengo la osadía de proponer que carecía de empatía: que no simpatizaba con sus personajes. Propongo esta idea con osadía porque carezco de credenciales literarias y porque soy consciente de que estoy haciendo psicología de butaca.

Creo que Borges admiraba, temía o despreciaba a la gente. Pero ¿alguna vez se compadeció de alguien o amó a alguien al punto de sacrificar algo? Si hemos de juzgar por sus personajes, Borges no le tuvo lástima ni amó apasionadamente a persona alguna. En efecto, ninguno de sus personajes es entrañable. Al menos, yo no querría ser amigo de ninguno de ellos.

Nos reímos de Don Quijote y de Sancho Panza, pero también nos encariñamos con ellos. No apreciamos al Doctor Bovary, pero nos da pena. También le tenemos lástima al Coronel a quien nadie escribe, de García Márquez, aunque no lo admiramos.

Quién lee poemas, cuentos o novelas no busca información ni gimnasia intelectual. Busca emoción, asombro o diversión. Borges me asombra, interesa y admira, pero no me emociona. En cambio, el francés Le Clézio, el danés Peter Hoegg, el brasileño Jorge Amado, el portugués José Saramago, el indo-canadiense Rohinton Mistry, el albanés Ismail Kadaré, la sudafricana Nadine Gordimer, el nigeriano Wole Soynika, el egipcio Naguib Mahfouz, el australiano Peter Carey, el español Miguel Delibes, el norteamericano Kurt Vonnegut y muchos otros me emocionan además de asombrarme y divertirme. Que esto es arte ardiente y perdurable: su capacidad de emocionar.

Creo que Borges fue más porteño «piola» (astuto) que lo que le hubiera gustado ser. Por si no lo sabía la lectora, el porteño piola de aquellos tiempos era despreciativo y perdonavidas, hacía alarde de pellejo duro y de intelecto superior, era escéptico y cínico. Si lo sabré yo, que fui porteño casi la mitad de mi vida. Tanto lo fui, que en mi juventud lo elogiaba a Borges, a quien respetaba intelectualmente, por ser el mejor escritor inglés en lengua castellana.

Si mi hiótesis fuera verdadera, explicaría porqué la obra de Borges admira pero no conmueve. Fue escrita con la corteza cerebral, sin participación del sistema límbico. Es fría y distante como una escultura moderna, o como la música atonal.

Me corrijo: así veo yo la obra de Borges. Admito que otros puedan sentirla de maneras diferentes, acaso por identificarse con el autor o con alguno de sus personajes. Para averiguar la verdad habría que hacer una investigación experimental de la apreciación estética de la obra de Borges. ¿Se anima? Yo tampoco.

Recuerdos

No sé si tengo muchos recuerdos de mi niñez, pero sí tengo muchos recuerdos muy nítidos, como si fueran de ayer. Éste es uno de ellos:

Yo tenía unos 6 años, aproximadamente. En mi casa los mayores hablaban de política y sobre lo malo (torpes) que eran los políticos. En un momento le dije a mi papá: «bueno, si los de ahora son tan malos, está bien, porque los que vengan van a ser mejores.» Él me dijo: ─Ojalá que sí, pero hay un refrán que dice: «otros vendrán, que bueno me harán»; y luego me explicó un poquito lo que eso significaba.

Hasta hoy el refrán siempre se cumplió. Y me da miedo pensar que siga cumpliéndose.

Un cuento memorable

tranvia

—Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Madame Lamort —dijo.

—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Madame Lamort. Todo lo contrario: es Madame Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Madame Lamort, ni siquiera en retrato.

—Usted coincide conmigo —dijo—, porque tampoco yo conozco a Madame Lamort.

—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.

—Madame Lamort —dijo—. ¿Y usted?

—Madame Lamort. —Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.

—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.

—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.

—No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.

—Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.

Alejandra Pizarnik