Voto electrónico. Los riesgos de una ilusión.

Votar con computadoras es abrir una puerta grande al fraude. La computadora ejecuta un programa, y el programa puede ser cambiado o reemplazado. Puede ser reemplazado temporalmente durante la elección por otro diseñado para dar totales falsos. Ningún estudio del programa que debería correr puede asegurar que otro programa no actúe mal.

La votación es una actividad especial porque normalmente el votante no puede averiguar, según los totales, que su voto ha sido contado correctamente, y hay que desconfiar de todas las partes involucradas. No podemos dar por supuesto que el fabricante es honesto, ni que la autoridad electoral es honesta, ni que los dos no conspiran juntos.

El sistema electoral debe ser a prueba de todas las posibilidades, pero ésto es imposible con una computadora.

Muchos activistas de software libre piensan que usar el software libre en la máquina de votación asegura una elección honesta. Usar software privativo es malo aquí, como siempre: el fabricante podría diseñarlo a sus anchas para fraude. Pero ser libre no basta, porque luego la autoridad electoral podría hacer el fraude. El único sistema confiable es votar con papel.

Algunos investigadores han propuesto sistemas muy sutiles de encriptación para votar. Dicen que con esos sistemas el fraude es imposible. Quizás tengan razón, pero tal conclusión no es fácil de comprobar con certeza. Si algún día parece haber un sistema de confianza para el voto digital, la sociedad debe probarlo gradualmente, a lo largo de una década. En los sistemas electorales, cambiar con prisa es arriesgar todo.

Copyright 2008 Richard Stallman
Se permite la distribución y la copia literal de este artículo en su totalidad y por cualquier medio siempre y cuando se conserve esta nota.

 

Con este prefacio de Richard Stallman comienza el libro «Voto electrónico. Los riesgos de una ilusión». Un libro que recorre la historia del voto electrónico en el mundo y en Argentina, analizando las diferentes formas de implementación propuestas, los problemas que se detectaron en cada uno y las discusiones políticas comenzaron por avalarlo para luego rechazarlo, y en la mayoría de los casos prohibirlo definitivamente.

Un libro con mucho material para entender qué es el voto electrónico y los riesgos que hay detrás de él.

Gracias a la fundación Vía Libre y a la fundación Heinrich Böll esta recopilación y análisis de la historia del voto electrónico está al alcance de todos nosotros, una recopilación y análisis fundamental que nos da la oportunidad de aprender de los errores que otros ya cometieron, y no repetirlos.

Puede obtener una copia en PDF del libro aquí. O bien directamente del sitio de la fundación Vía Libre, aquí.

Sobre el derecho al olvido

El derecho al olvido es un concepto activo, y no una cosa abstracta, que pretende borrar o modificar el pasado para de esa forma, modificar el presente y también el futuro.

Todos tenemos derecho a equivocarnos. Todos tenemos derecho a cambiar de pensamiento, de opinión, de forma de ser y de actuar. También tenemos derecho a cambiar todo lo que necesitemos y consideremos que nos permite crecer y avanzar. Tenemos derecho a cambiar cualquier cosa que antes hacíamos mal y que ahora ahora podemos o sabemos hacer mejor. Eso sí, debemos ser honestos y valientes para reconocer nuestros cambios, que antes procedíamos de una forma y que hoy lo hacemos de otra; de alguna manera reconocer y aceptar que con el conocimiento que tenemos hoy, antes actuábamos mal o de una manera equivocada.

Es sólo en ese contexto en el que podemos exigir ─y también recibir─ el derecho al olvido, el derecho a no ser juzgados ─o prejuzgados─ por cosas que hayamos dicho o pensado antes; en el contexto de la valentía y la franqueza: antes pensaba o creía tal cosa, hoy me doy cuenta que estaba equivocado: hoy soy distinto.

Pero, ¿cómo podría alguien olvidar algo que desconoce? ¿Cómo podríamos garantizar ese derecho al olvido si, simplemente, ignoramos o borramos lo que pasó? ¿Cómo podría alguien ser mejor persona hacia adelante tapando y ocultando su pasado? ¿Cómo podríamos aprender de los errores, propios y ajenos, si todo el tiempo intentamos esconderlos, tacharlos y negarlos?

Me hago estas preguntas porque por estos días está muy de moda que algunas personas intenten borrar parte de su pasado, solicitando a los motores de búsquedas y otros servicios de indexación de contenidos, que quiten de sus resultados toda información vinculada a hechos desafortunados (algunos realmente no tan graves, como un tuit enviado sin pensar) que ellos prefieren ocultar (o negar), alegando en su pedido que ejercen el derecho al olvido.

Alguien que solo pretende borrar el pasado, no es alguien que intenta mejorar y superarse, es un oportunista. Un farsante. Un caradura. Es alguien que nunca obtendrá el derecho al olvido porque siempre estará repitiendo, una y otra vez, de forma constante lo mismo: cambiar según le convenga.

El tiempo es el olvido; el tiempo es la memoria. El tiempo hará que recordemos lo que debemos recordar y el tiempo hará que olvidemos lo que debemos olvidar. Forzar el recuerdo y el olvido no servirá de mucho, porque no podemos forzar el tiempo, y es él el que cubre, y descubre, el que olvida y recuerda, el que nos ayuda y fuerza a aprender del pasado; incluso aprender a no forzar el olvido, a no borrar el pasado.

Empecé a morir en las cárceles de la dictadura

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Quiero transcribir una nota publicada en el diario Clarín del día 03/03/12. El artículo me impactó y está acá por dos motivos: compartirlo con más gente, y duplicarlo: para que sea más difícil que se pierda.

Por Daniel Molina, periodista y crítico cultural.

¿Puede un hombre estar huérfano de futuro? Esa imposibilidad marcó a los prisioneros políticos que pasaban de la picana y de la privación del sueño a meses de absoluto aislamiento, sin saber qué les esperaba. Algunos imaginaron una vida paralela para mantenerse en pie.

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En memoria del Dr. René Favaloro

rane_favaloroAño 2000. Argentina estaba sumergida en una gran crisis económica y política. La Fundación Favaloro estaba endeudada en US$ 75 millones. El Dr. René Favaloro pidió ayuda al gobierno. No recibió ninguna respuesta oficial.

Tras su muerte se supo que le había enviado una carta al entonces Presidente de la Nación, el Dr. Fernando de la Rúa; la carta nunca había sido leída. En la carta Favaloro expresaba su cansancio de «ser un mendigo en su propio país» y solicitaba ayuda para recaudar fondos para la Fundación. Además, expresaba que la sociedad argentina necesitaba su muerte para tomar conciencia de los problemas en los que estaba envuelta.

Hasta hoy, 13 años después, tenemos que decir que estaba equivocado: su muerte no ayudó a que los argentinos despertemos de los problemas que nos envuelven, y lo peor: su sacrificio está cayendo en el olvido.

Esta fue la última carta que el Dr. Favaloro nos dejó:

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Sobre la Evolución de la Cultura

Quiero compartir una historia que Darwin cuenta en su libro El origen del hombre. Luego de haber explicado su Teoría de la evolución en El origen de las especies, Darwin aplica las mismas ideas evolutivas pero focalizadas en la evolución de la especie humana, especialmente en su  evolución biológica. En este libro Darwin aborda temas como la psicología evolutiva y la ética evolutiva. Según el autor, la historia es verídica, y él la utiliza para hablar sobre la evolución de la cultura y la sociedad.

El doctor Landor cumplía las funciones de magistrado (lo que hoy sería un Juez) en el Oeste de Australia. Un día un nativo que acababa de perder a su esposa (a raíz de una enfermedad) fue a decirle que «se marchaba a una tribu lejana a asesinar a una mujer, como sacrificio a la memoria de su esposa». El magistrado lo amenazó con enviarlo directo a la cárcel, para siempre, si es que cometía ese asesinato; así que el nativo permaneció en la granja durante algunos meses, pero fue adelgazando hasta quedarse en los huesos; se quejaba de que no era capaz de comer ni de descansar, ya que el espíritu de su esposa le perseguía por no haber cobrado una vida en pago de la de ella.

Acá me gustaría hacer una pausa, y que puedas pensar un momento en esa parte del relato, sobre todo en el nativo y su pensamiento. El relato continúa, no sólo para cerrar la historia, sino para agregar más ideas y pensamientos referidos a la evolución cultural del hombre.

El juez se mantuvo firme en su amenazas, asegurándole que nada le salvaría del castigo si llevaba a cabo su crimen. Finalmente el hombre desapareció y no volvió hasta un año después; su aspecto era entonces mejor que nunca y su otra esposa (su nueva esposa) explicó al doctor Landor que el nativo había cumplido su misión, matando a una mujer de una tribu lejana. Era imposible obtener pruebas legales de semejante acto. El nativo no fue encarcelado.

El incumplimiento de una regla que la tribu considera sagrada —señala Darwin— da lugar a los sentimientos más profundos, y esto no tiene nada que ver con el instinto social, excepto en la medida en que esa regla se base en el criterio de la comunidad.

La pregunta que fácilmente surge es: ¿alguien puede creer, hoy en día, que ese australiano que asesinó a una mujer estaba cumpliendo el propósito de su vida y los mandatos de su difunta esposa? Sin duda alguna, todos responderíamos que no.

Está claro que el nativo de la historia se sometía al juicio de sus semejantes (sus iguales en la tribu), y eso era lo único que le importaba, y no los consejos o juicio del magistrado o los de cualquier otro. Por otro lado, cuando el doctor Landor (o cualquiera de nosotros) examina el asunto, emitimos un juicio completamente distinto, ya que aplicamos las normas de nuestra propia comunidad, y de nuestros propios tiempos.

Seguramente que con varios atenuantes y muchas diferencias, este tipo de historias se han ido repitiendo a lo largo de nuestra historia y evolución como seres humanos: cosas que ahora nos parecen espantosas, o demenciales, antes resultaban normales y naturales, y como si fuera poco, nadie se horrorizaba de su realización.

La historia se repite al mismo tiempo que avanza. Nuestra sociedad tiene hoy creencias y convicciones sobre las que toma acciones y decisiones que dentro de algunos años van a ser vistas como barbaridades; como locuras; cosas que seguro se superarán, pero que a los ojos de nuevas generaciones y culturas más evolucionadas nos harán parecer y quedar como seres inferiores.

Wi-Fi MediaConnect

Wi-Fi MediaConnect es un software que Philips provee con algunos modelos de sus televisores. En caso de extravío, el software puede descargarse de la página oficial: Philips MediaConnect, pero para poder descargarlo hay que tener a mano el código que se encuentra en la etiqueta del envoltorio del CD-ROM. Si perdiste el CD-ROM pero no la etiqueta, estás salvado; pero si perdiste todo —que creo que es lo más normal— estás frito. Por eso dejo acá la versión 1.06.43 del Wi-Fi MediaConnect para que la puedas descargar las veces que quieras y sin necesidad de ningún código. Espero que sea de utilidad.

Agrego aquí la versión de Wi-Fi MediaConnect para Mac OS junto a su guía de instalación.

La anécdota de Bohr

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen: “Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro“.

El estudiante había respondido: “lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio“. Continue reading La anécdota de Bohr

¡Asnos estúpidos!

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.
—Naron —saludó el mensajero—. ¡Gran Señor!
—Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.
—Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.
—Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

—Ah, sí —dijo Naron—, Lo conozco. —Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

—Estas criaturas nuevas —dijo luego— han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

—De ningún modo, señor -respondió el mensajero.
—Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?
—Sí, señor.
—Bien, ése es el requisito —Naron soltó una risita—. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

—En realidad, señor —dijo el mensajero con renuencia—, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

—¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?
—Todavía no, señor.
—Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?
—En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

—¿En su propio planeta?
—Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

—¡Asnos estúpidos! —murmuró—.

Isaac Asimov.

Diálogo

[ … ]

Vecino: Y ¿Viste?, Así es el ritmo de estos tiempos, uno se ve con sus vecinos todos los días pero casi que no los conoce.

Diego: Si, lamentablemente es así…

Vecino: ¿Vos a que te dedicas, che?

Diego: Trabajo en sistemas, básicamente.

Vecino: ¡Ah!, ¡Qué bien! Esa es una profesión con futuro. Ahora todo está conectado a una computadora, o a Internet.

Che, vos sabes que justamente tengo un problemita, ¡Que debe ser una pavada!, con unas películas que compramos por ahí. El tema es que no se ve nada. El sonido se escucha bien, pero no se ve la imagen.

Diego: Ajá. Que cosa rara….

Vecino: ¿Vos no le podrás pegar una miradita? Seguro que es una pavada.

Diego (Tratando de sacárselo de encima): Ando medio complicado de tiempo, tendríamos que ver de coordinar en algún momento. Además, eso no es mi especialidad.

Vecino: Pero eso no debe ser algo complejo. Digo, porque hoy en día ver películas es muy común en las computadoras.

Diego: Si, pero como todas las actividades, o profesiones, hay áreas de especialización; y la verdad que el área multimedia -así se llama a esa rama de la informática-, no es para nada mi especialidad. Esto pasa en todas las actividades, ¿vio? ¿Usted a que se dedica, por ejemplo?

Vecino: No, lo mío nada que ver, yo tengo una carpintería. Está de acá a unas 20 cuadras. Soy uno de los más viejos del barrio. Hace un montón que estoy ahí.

Diego (con una sonrisita en la boca): ¡Ah!, ¡Qué bien! ¿No me haces una mesa?

Vecino: Silencio

Diego: Silencio

Vecino: Bueno, Diego, me tengo que ir, che. Un gustazo. Después algún día veremos eso de los vídeos.

Diego: No hay problema. Un gusto para mi también. Nos vemos.

Últimamente ando con bastante poca paciencia, y con muy pocas pulgas, pero este diálogo y post no tienen nada que ver con mi estado de ánimo ni emocional.

Desde hace algún tiempo manejo la teoría de que la gente no se escucha a sí misma cuando habla. Valga entonces, este post, como constancia de mi primer experimento sobre este tema.

El descargo de una multa

Posiblemente hayas visto esta señal de tránsito en muchas partes, sobre todo en rutas, avenidas y autopistas.

También sabemos que infringir las leyes y señales de tránsito tiene, en el mejor de los casos, consecuencias penales y económicas.

En el poco probable caso de que hayas cometido alguna infracción de tránsito relacionada con el exceso de velocidad, y si este exceso tiene una buena y noble razón de ser, te dejo aquí una excelente forma de recurrir la sanción que te quieran imponer:

Estimado Sr. Juez:

He sido denunciado por circular a 250 km/h en la Ruta Nacional 53 cuando iba camino de mi pueblo.

Según me dijeron los Policías que me pararon, el radar me detectó a la velocidad antes indicada en un tramo limitado a 70km/h.

Yo, por mi parte, puedo decir que he visto perfectamente esa señal con el número 70 en negro, dentro del círculo rojo con el fondo blanco. Sin embargo, por más que me he fijado, no he visto ninguna unidad de medida junto al numerito 70.

Como Ud. sabrá mejor que yo, que para eso ha estudiado derecho, la Ley  19.511 (de 1972) establece que en la República Argentina el Sistema Métrico Legal Argentino (SIMELA) será el obligatorio en el país, y dentro de las reglas propiamente dichas del citado Sistema Métrico, se establece que la unidad de longitud será el metro, y la unidad de tiempo será el segundo.

No se si cuando Ud. terminó derecho le dio tiempo a hacer algo de matemáticas, pero por si acaso voy a informarle que la velocidad se mide dividiendo la distancia recorrida entre el tiempo empleado para recorrerla, por lo que, tomando la unidad de medida de la distancia (metro) y la unidad de medida del tiempo (segundo), obtendremos la unidad de medida de la velocidad: METROS POR SEGUNDO, que, tal y como nos dice la Ley anteriormente citada , SERÁ LA UNIDAD DE MEDIDA OBLIGATORIA PARA LA VELOCIDAD.

Yo no le voy a negar que fuese a 250 km/h, que de hecho los iba, pero es que la señal que yo vi sólo ponía 70, y en virtud de la ley que todos debemos respetar, y del que Ud. es el máximo exponente, no he dudado en considerar que el número 70 se refería a la unidad de la velocidad, el metro por segundo. Si Ud. hace la conversión observará que 70 m/s equivalen a 252km/h, con lo cual yo circulaba a 2 km/h por debajo de lo permitido.

Por todo lo expuesto, ruego a Ud. que me devuelva el carné de conducir y el dinero de la multa, que no están las cosas para bromas.

Dejemos este asunto en un lamentable malentendido por el que no voy a denunciar a los pobres Agentes de Policía, que bastante tienen con su arriesgado trabajo y estoy seguro que no lo hicieron con mala intención.

Aprovecho la ocasión para saludarle muy Atentamente.