No me subo a la SUBE

Desde el 06/08/2012 la tarjeta SUBE (Sistema Único de Boleto Electrónico) entró en vigencia; esto es: Si tenés la tarjeta, el boleto de trenes y colectivos —en Capital Federal y Provincia de Buenos Aires— te cuesta un poco menos que si no la tenés (el sistema es «único», pero no funciona en todo el país. No sé porqué). Yo soy uno de los que no tiene la tarjeta. No la tramité y no tengo pensado tramitarla. Las razones por las que no me subo a la SUBE son las siguientes:

Privacidad

Para obtener la tarjeta del SUBE es necesario dar unos cuantos datos personales que considero innecesarios y excesivos. Tener que dejar registro del número de DNI, domicilio, teléfono y algunos otros datos me parece demasiado. Considero, además, que el día de mañana, alguien puede hacer uso indebido de la información que pueda reunirse a partir de esta tarjeta, su propietario, y su uso. Si mal no recuerdo el plan SUBE se originó debido a la falta de monedas (en la Capital Federal y Provincia de Buenos Aires, las expendedoras de boletos de los colectivos funcionan sólo con monedas). En ese momento el problema eran las monedas, y no se hablaba de otra cosa, por lo que recolectar datos personales se hacía un poco difícil de explicar y justificar. Luego se argumentó que al tener los datos personales de todos los usuarios del sistema SUBE, se podría subsidiar el costo del viaje a las personas que más lo necesiten. Esta aplicación de subsidios dirigida implica, inevitablemente, un cruce de información bastante detallado y minucioso: a nadie se le dará un subsidio sólo por tener un número de documento lindo, par, capicúa o algo por el estilo. De esta forma, y con ese argumento —un poco más razonable y temerario—, comenzaron a exigir los datos personales. Y digo exigir porque si no das los datos, no te dan la tarjeta, no podes decir: «Dame una tarjeta anónima y no me des el subsidio». Ya sea que luego vayas a recibir el subsidio o no, tenés que dar los datos personales que te exigen.

Operatoria

Con la tarjeta SUBE uno lo que hace es poner dinero en una cuenta. A diferencia de otros sistemas donde uno compra viajes, con la tarjeta SUBE uno deposita dinero en una «cuenta» y luego, con ese dinero, paga sus viajes. La diferencia es la siguiente: Si uno compra hoy 20 viajes, y mañana el costo del viaje aumenta, no importa, los 20 viajes ya están comprados; uno dispone de 20 viajes que puede utilizar cuando quiera. En cambio, con la tarjeta SUBE, si hoy se depositan $20 y mañana el boleto aumenta, y pasa a costar $10, sólo se pueden hacer 2 viajes ($10 cada viaje). Uno adelanta dinero (y digo que lo adelanta porque uno se deshace del dinero) sin ningún beneficio a cambio.

En mi caso, no tener la tarjeta SUBE me incrementó el costo de cada viaje en $0,75. Es una diferencia que hoy puedo pagar; y que prefiero pagar a cambio de defender mis convicciones y mi privacidad. No está bueno que nos acostumbremos a dar datos personales tan fácilmente, y últimamente lo hacemos con mucha frecuencia; incluso sin darnos cuenta. No importa lo que pienses del SUBE, o qué opines de las personas que ahora lo están impulsando, promoviendo y juntando datos, una vez que diste tus datos, los diste; tenés que pensar que pueden hacer con esos datos las peores manos en las que puedan caer, no las mejores. No importa si los que están ahora son buenos, o son tus amigos, pueden venir luego —y lamentablemente seguro vendrán— otros que no sean ni buenos ni tus amigos, y ellos ya van a tener todos tus datos, tus costumbres y tus movimientos a su disposición.

Entiendo que no todos los casos son iguales, que no todas las situaciones son iguales y que a todos nos aprieta el zapato en un lugar distinto, pero si estás de acuerdo con alguno de los argumentos, deberías defenderlo. Adelantar plata así como así no está bueno, y defender nuestra privacidad es nuestra obligación. Costó mucho conseguir nuestros derechos, y no merecen ser mal vendidos, al contrario, merecen nuestro compromiso y nuestra contante lucha por defenderlos, mantenerlos e incluso mejorarlos.

Caídas

                       No todas
                               las caídas
                                           son tan
                                                      malas

Software Libre

Esta es una de esas cosas que pensé que nunca iba a escribir. Hay mucho escrito ya sobre el Software Libre, ¿para qué escribir algo más? ¿Qué podría decir (o escribir) que no se haya dicho ya? Posiblemente nada, pero no por eso va a ser menos útil.

El movimiento del Software Libre nace a comienzos de los 80 de la mano de Richard Stallman. Hasta ese momento el concepto de Software Libre no existía, y fue Stallman quién lo ideó, lo definió y lo presentó. Así como no existía el concepto de Software Libre, podemos también decir que no había Software Libre, o si había era realmente muy, muy poco. En este escenario Stallman presenta el concepto de Software Libre, y lo define de la siguiente manera:

Un software es libre cuando garantiza las siguientes libertades:

  1. Libertad de usar el programa, con cualquier propósito.
  2. Libertad de estudiar cómo funciona el programa y modificarlo, adaptándolo a tus necesidades.
  3. Libertad de distribuir copias del programa, con lo cual puedes ayudar a tu prójimo.
  4. Libertad de mejorar el programa y distribuir esas mejoras, de modo que toda la comunidad se beneficie.

A partir de este momento, el desafío era escribir ─o reescribir─ todo el software necesario para que las computadoras puedan funcionar ─y ser útiles─, ejecutando exclusivamente Software Libre. Si en aquel momento, alguien me hubiese preguntado: ¿Qué te parece más fácil: que la gente entienda el concepto y definición de Software Libre o que se escriba todo el Software Libre necesario para utilizar de forma productiva una PC? sin ninguna duda que hubiese elegido la primera de las opciones. Hubiese asegurado que todos entenderían, de forma simple, de qué se trata el Software Libre, pero que sería bastante más difícil conseguir que se escriba todo el Software Libre necesario; y más difícil aún que el desarrollo de Software Libre acompañe la celeridad y evolución de la informática. Bueno, me hubiese equivocado; y bastante. Resulta que hoy tenemos una gran cantidad de Software Libre en todas las áreas de la informática (útil, funcional y de excelente calidad), pero aún hay una gran cantidad de personas ─incluso en el ámbito de la informática─ que no entendió, y que no entiende, qué es el Software Libre. Con la esperanza de poder ayudar a que más personas sepan, y entiendan, qué es el Software Libre, he escrito este breve artículo. Espero que cumpla su función.

Wi-Fi MediaConnect

Wi-Fi MediaConnect es un software que Philips provee con algunos modelos de sus televisores. En caso de extravío, el software puede descargarse de la página oficial: Philips MediaConnect, pero para poder descargarlo hay que tener a mano el código que se encuentra en la etiqueta del envoltorio del CD-ROM. Si perdiste el CD-ROM pero no la etiqueta, estás salvado; pero si perdiste todo —que creo que es lo más normal— estás frito. Por eso dejo acá la versión 1.06.43 del Wi-Fi MediaConnect para que la puedas descargar las veces que quieras y sin necesidad de ningún código. Espero que sea de utilidad.

Agrego aquí la versión de Wi-Fi MediaConnect para Mac OS junto a su guía de instalación.

Oratoria simple

Existió, por los años 350 antes de Cristo, un orador llamado León de Bizancio a quien se le suplicó que hablase a los atenienses para que se reconciliaran.

El célebre sofista, hombre de enorme barriga, subió al estrado, confiado en su verbo, y dispuesto a exhortar a los ciudadanos a la concordia. El pueblo al observarlo comenzó a reír debido a su figura grotesca.

León, sin acusar el impacto, con voz segura, dijo:

—Atenienses, ¿a qué vienen esas risas? ¿Qué harían si viesen a mi mujer, que es mucho más barrigona que yo? Con todo eso, les advierto que cuando reina entre nosotros la unión nos basta una sola cama para ser felices. En cambio, cuando estamos desavenidos, apenas entramos en toda la casa, que les aseguro es muy, pero muy grande.

Con esta oratoria simple los atenienses comprendieron inmediatamente, y en profunda reflexión, desistieron de sus rencillas domésticas. Se dieron cuenta que si la casa está desunida no puede sobrevivir.

Instant-taneas

Vivo a media cuadra de una plazoleta. A lo mejor “plazoletita” sería más justo, ya que el lugar es realmente chiquito. No hay hamacas, ni bebederos, ni juegos, ni arenero; sólo 2 árboles y 2 bancos típicos de plaza. En esta plazoleta se suelen juntar algunos cuantos pibes que, me parece, son alumnos de un secundario que está a unas 3 o 4  cuadras de ahí. El lugar me queda de paso, y casi siempre que salgo (o vuelvo) paso por ahí.

Hace unos días —10 o 12 más o menos— al pasar por la placita vi que había un pibe, de entre 15 y 17 años. Estaba solo y sentado en el único pedacito con sol de uno de los bancos. Los autos me obligaron a esperar antes de cruzar la calle y quedamos a unos 3 metros de distancia uno del otro. Giré la cabeza para verlo (por costumbre y algo de desconfianza innata) y vi que tenía una guitarra; bueno, eso es lo que me pareció por el estuche.

—Flaco, ¿te puedo hacer una pregunta? —me dijo con una voz que sonó bastante tímida—.

—Si —dije en forma seca y poco amigable, porque la verdad es que me imaginaba que me iba a pedir guita, o algo así.

—¿Qué canción le podría cantar a una chica?

—Depende de la chica —dije medio esquivando el tema—.

—De mi edad… —me dijo mientras se tapaba el sol en la cara con una mano—.

—¿Tu novia? —le pregunté todavía sin darme vuelta hacia él—.

—No. Bah, no se si va a ser mi novia…. —me dijo y se rasco la cabeza en un claro gesto de timidez—.

—¿Vos la querés? —pregunté dándome vuelta hacia él—.

—Si, ¡más vale! Y no sé que le podría cantar. Algo que no sea difícil, porque todavía no toco bien la guitarra —dijo mientras señalaba con la cabeza el estuche—.

¡Justo a mi me viene a preguntar eso! Yo debo tener, más o menos, la misma sensibilidad que una baldosa o una palangana….Ya había empezado a rascarme la cabeza cuando de repente se me apareció una canción….

—”Me salva tu amor” —le dije—.

—”Me salva tu amor”, de Ignacio Copani —le repetí—.

—¿La conocés? —le pregunté mientras me daba cuenta que se me había caído una sota (una como mínimo)—

—No, ni idea —dijo levantando los hombros—.

—Buscála en la web. Creo que es fácil de tocar, y la letra está buena; la idea está buena. Incluso la vas a poder adaptar y acomodar como más te guste —le dije con una sonrisa—.

—Pará que anoto. “¿El alba de tu amor?” —me preguntó con bastante duda—.

—No. “Me salva tu amor”, de Copani. —corregí amablemente—.

—Ok. La busco y veo.

—¡Dale! ¡Suerte, eh!

—Bueno. ¡Gracias!

Seguí mi camino. Crucé la calle con una sonrisa, una sonrisa de tranquilidad (no sé si llegaba a felicidad). No sé porqué, pero sentía que había “acertado”; claramente no podía saber si había respondido bien o mal, pero sentía que estaba bien lo que había dicho.

Bueno, hasta acá algo más o menos normal: la calle, dos desconocidos, un diálogo y una de las partes que queda satisfecha con lo hecho. Punto. Una historia más. No es importante. Que pase el que sigue. El tema es que -recién me entero- esto no terminó ahí.

Acabo de volver a pasar (recién, recién) por la placita: hay un chico y una chica; el pibe rasca la guitarra mientras creo que canta “sólo me salva tu amor“. No había tráfico, ningún auto me obligó a detenerme -y creo que tampoco no me hubiera detenido-. Seguí caminando haciéndome bien el gil, pero con la oreja bien parada, y sí: el pibe estaba cantando me salva tu amor, sólo me salva tu amor.

Ahora también tengo una sonrisa. Andá a saber cómo terminará esa historia. Parece que al él la canción le gustó. ¿Le habrá gustado a ella? Imposible saberlo. Ojalá que por lo menos el pibe ligue un beso, aunque sea un beso medio robado, pero un beso al fin. Creo que se lo merece.

Acá dejo un link para el que quiera escuchar la canción.

Amor potencial

Estar en el lugar justo y en el momento justo permite captar imágenes o diálogos como el que transcribo a continuación:

—Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No trataré de seducirla ni me pondré romántico ni le haré propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibilidad en un millón de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es únicamente en virtud de esa remotísima chance que yo estoy aquí oyendo su conversación como un imbécil.