Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volver a traerlo a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Ésta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.
Author: diego
Infierno y paraíso
El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.
Ventajas
Los sabios tienen las mismas ventajas sobre los ignorantes que los vivos sobre los muertos.
Opiniones
Quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones.
Tímidos y valientes
Mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve.
Proverbio Griego
Pacientes y Usuarios
Foreman: Para tratar pacientes nos hicimos médicos.
House: No, para tratar enfermedades somos médicos. Tratar pacientes es el inconveniente de esta profesión.
Corolario: Los usuarios son a la informática lo que los pacientes a la medicina.
¿Todo en contra?
Cuando todo parece estar en tu contra, recuerda que los aviones despegan en contra del viento.
Números grandes
Constantemente leemos, escuchamos y hablamos sobre números grandes. Números tan grandes que perdemos noción de tamaños y dimensiones.
Cuando uno se pone a pensar, es bastante frecuente (y extraño al mismo tiempo) encontrarnos con números y cifras que difícilmente sepamos lo que en realidad significan. Algunos ejemplos que podemos leer en diarios, o escuchar en radio y televisión son:
- Facebook tiene más de 500 millones de usuarios
- Youtube sirve al rededor de 250 millones de vídeos por día
- Twitter procesa, aproximadamente, 50 millones de tweets por día
- Se descubren planetas a 2000 años luz de la Tierra
- La deuda externa de los países arrojan cifras de miles de millones de dólares
- Grandes empresas publican ganancias que se miden en miles de millones de dólares
- Catástrofes naturales que obligan a evacuar a cientos de miles de personas
- etc.
Estos volúmenes difícilmente los podemos imaginar, y lo único que hacemos es compararlos con cifras anteriores, y a partir de ahí decidimos si algo subió o bajó “mucho” o “poco“. Pero seguimos sin saber lo que representan.
Un ejercicio útil (y divertido) es comparar, o contrastar, estos números con cosas que nos resulten un poco más conocidas o simples de dimensionar. Por ejemplo: Continue reading Números grandes
La anécdota de Bohr
Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen: “Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro“.
El estudiante había respondido: “lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio“. Continue reading La anécdota de Bohr
¡Asnos estúpidos!
Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.
En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.
—Naron —saludó el mensajero—. ¡Gran Señor!
—Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.
—Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.
—Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?
El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.
—Ah, sí —dijo Naron—, Lo conozco. —Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.
Escribió, pues: La Tierra.
—Estas criaturas nuevas —dijo luego— han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.
—De ningún modo, señor -respondió el mensajero.
—Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?
—Sí, señor.
—Bien, ése es el requisito —Naron soltó una risita—. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.
—En realidad, señor —dijo el mensajero con renuencia—, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.
Naron se quedó atónito.
—¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?
—Todavía no, señor.
—Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?
—En su propio planeta, señor.
Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:
—¿En su propio planeta?
—Si, señor.
Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.
—¡Asnos estúpidos! —murmuró—.